Le conduce a una pieza obscura, intima. Sus manos impetuosas se arrojan como fieras contra el delicado cuerpo, acarician el rostro mientras murmuran: «¡Chi, chi, chi, chi!». Percibe la juventud en aquellos gestos tímidos, en su fascinante incomprensión, en la sumisa resignación. No es la primera vez. Le desprende la camisa y palpa el pecho; el corazón tañe como las campanas convocando misa. La caricia se derrama hasta la correa, desata todos los tabúes y ante sus ojos ansiosos se erige la total desnudes. Gira el maleable cuerpo, aprieta las caderas en sus codiciosos puños y en un ligero ataque libera los propios genitales y penetra. El monaguillo pierde un grito, rápidamente ensordecido por el miedo al infierno. El cura eyacula precozmente, da gracias a Dios por el orgasmo, por el tierno festín de apenas ocho años; y se apresura a salir a arriar a sus feligreses, que ya llegan a echarse muñecos al hombro para pasearlos por las calles del pueblo, como lo repiten todo viernes santo.
Texto epistolar
13 mayo, 2010 a 1:53 AM (Sin categoría)
EVOCACIÓN
evocar. (Del lat. evocāre). tr. Traer algo a la memoria o a la imaginación.
Hola mi querida André, heme aquí finalmente decidido a responder tus dos sorpresivas cartas en que, sin contar de ti tanto como yo quisiera, preguntas con insistencia qué es de mí, qué ocurre actualmente en mi vida.
Si hoy me hubiese despertado más temprano, antes de que la lluvia cayera como barrotes que me retuvieron todo el día en casa, habría podido tomar un tren que me dejase en algún pueblo que simplemente tuviese muelles, no importa cuál; me bastaría con caminar por un lugar en que las graznantes gaviotas se disputaran las tripas que los pescadores desechan, y luego se alejaran, difuminándose con las nubes; comprar palomitas de maíz en el carrito rojo y contemplar los barcos distantes, como replicas fabricadas por niños para jugar en la fuente de la plaza de aquel viejo pueblo en que te conocí.
Pero ayer estuve tomando vino mientras escudriñaba entre las estrellas, buscando alguna fugaz dispuesta a concederme un deseo. Al fin me trasnoché como un faro; sin obtener mi deseo me fui a dormir, desamparado de la buena suerte y ebrio. Cuando me desperté a cumplir el propósito que hace unas semanas me esbocé para este domingo, de viajar a un puerto no preciso, la lluvia arruinó todo el plan, pues ya no estoy para mojarme como lo hacíamos cuando salíamos de enfrentarnos con algo más real que el mundo, en algún teatro.
Hubiera sido lindo abordar el vagón con mi abrigo granate (el que tanto te gustaba) y leer en cada parada un capítulo del libro que se hubiera decidido a acompañarme, el doctor insiste que ya no lea en movimiento. Cada que la locomotora reanudara marcha yo lo cerraría y observaría los demás pasajeros, con particular gozo en la pequeña arrodillada en un asiento, que tartamudeara mal acentuadas todas las palabras que a nuestro paso brincaran; recuerdo que así era yo pequeño, cuando mi padre me reveló ese fascinante poder de descifrar la música oculta en cada jeroglífico. Imagino que sería una niña con dos trencitas terminadas en enormes moños y una sonrisa terminada en dos arreboladas mejillas. También me fijaría en quienes portan su lectura, omitiendo los caballeros de paraguas por bastón, que escudriñan diarios en que pocas veces es posible toparse con noticias tan maravillosas como la de un ciego que recobró la vista, el éxito en la cirugía practicada a un elefante o el descubrimiento de una nueva especie de coleóptero. Me interesaría más en la gente que lleva libros cuya cubierta no da la impresión de que se los obsequió una tía soltera y golosa en navidad, por estar señalado como best-seller, sino que una mañana entraron a una librería de esas que saben parecer tiendas esotéricas: con campanita cuyo tañido es más como una sonrisa que anuncia la llegada o salida de alguien, con olor a esencias de India, luces intimas y algún libro que aguarda el encuentro justo con esta persona que habla su idioma —no sólo su lenguaje— y que se apresura a pagarlo sin preguntar cuánto cuesta, sale con él, aborda el tren y ansiosamente comienza a desnudarlo ante mis ojos, que inventarían piruetas por averiguar el titulo y autor de este preciado documento.
Es muy posible que igualmente me hubiera interesado, pasando por alto a quienes miran con insistencia su reloj y luego hacia adelante por la ventanilla; en las parejas que reflejan todo su amor en una sencilla conversación sobre las suites para violonchelo de Bach o una anécdota sobre la primera vez que elevaron cometa. Pero me desconectaría de todo cuando, sin saber en qué poblado me hallaba, hubiese visto en la plataforma frente a la que ahora recibía mi vagón, la belleza en una mujer tejida, con un color de piel botticelliano y una figura de sauce que sumerge los dedos en un almidonado ocaso; incluso podría pensar su fragancia de jardín agitado por conejos dando vueltacanelas[1], su suavidad casi espumosa, su sabor que no es del jerez antes de la siesta, ni el de las frambuesas que sorprendíamos en los matorrales un día sin clases en que íbamos a nadar al rio todos los amigos, ni siquiera el de los postres que me preparaba la abuela cuando se me caía un diente.
Pero ya los atardeceres y las mariposas nos enseñaron que lo bello es efímero; así, la evocadora mujer se confundiría en un laberinto de personas con abrigos oscuros y cuentas mentales. Sabes que no soy de los que abandonaría su vehículo (aun desconociendo el destino), para seguirla e intentar hablarle, decirle que su existencia me justificó este día; pero sé que, permaneciendo en mi asiento, habría fantaseado con hacerlo, con renunciar a mi vagón y mi deseo de muelle con pescadores bronceados y charlatanes y visión de olas tornasoladas, para arrojarme a las callejuelas empedradas y seguirla sin que lo supiera, pasando entre toldos de frutas, pasando por donde un viejo marino retirado toca acordeón a cambió de monedas, o donde un hombre que ama a su esposa impedida para darle hijos, le vende globos inflados con helio a los chicos, observados desde la esquina por dos ancianos que cada semana justifican su encuentro en la partida de ajedrez que despreocupadamente acompañan con oporto y diálogo sobre la época en que laboraron en un molino o quizá segando trigo. Al fin la mujer, llegando al parque central se adentraría en un café de nombre extranjero y piano vertical y yo me quedaría al pie de una alegre abuela que alimenta las palomas, mirando a la bella allí sentada, esperando su capuchino y a alguien con quien intenta empezar una nueva relación, luego de aquel hombre que sin trabajo y sin esperanzas, logró espantarla tras aburrirla por años.
Y mientras imaginaba esto, mi tren reanudaría la marcha, y yo avanzaría recordando muy bien a la dama, digamos, solfeando su nombre, que llegado a mi destino grabaría en la playa con alguna rama que me donara el oleaje, y lo encontraría sólo con acercar un caracol a mi oído. Habría pensado todo el día en esa mujer, sin que la marea me la arrancara, como no me la ha arrancado el tiempo, y de vuelta a casa te podría escribir esta carta contándote que pasé por el pueblo en que estás viviendo y en la estación te vi, tan hermosa como cuando te fuiste y he querido seguirte. Pero toda mi ilusión se estrella como estas goteras contra la ventana que hoy me impidieron abandonar la casa, huir de mis recuerdos cargados de ti, en busca de ti, querida.
[1] Salto mortal.
