Era la cuarta noche sin que menguara la lluvia. Todos los animales permanecían en sus nidos o guaridas, pero nosotros, permanecíamos alerta: El emisario de una tribu amiga nos había informado hace dos lunas, que avanzaba ferozmente un grupo de estruendosas fieras, destruyendo cuanto hallaban.
Todos nuestros guerreros, y los que de la otra tribu habían sobrevivido al horror, esperábamos el momento de elogiar con la vil sangre a la tierra. Comunicándonos a través de silbidos que los forasteros interpretaban como cantos de las aves del soto, pudimos coordinar el momento oportuno para atacar estos dos tipos de bestias; unos, enormes criaturas corriendo veloces sobre cuatro patas y los otros, sobre los primeros montados, portando fuego, y parecidos a humanos.
[…]